miércoles, agosto 26, 2009

Abismo Absoluto, Oido Obsoleto

Ya no digas nadas, no pidas perdón, cuando todo el tiempo se olvido de vos, cuatrocientos días sin poderte ver.
¿Cuál es la salida?
¿Cuál es la pared?

Algún número de incontables cromosomas resultara entre la mezcla viscosa de una célula diminuta que antes del brutal orgasmo habitaba en él, con alguna otra célula sangrienta y esponjosa que se refugia ahora dentro de mí, evolucionando, tornándose en vida. Cesando de cesar.
El tubo de plástico que nos arrojo altanero el positivo yace ahora en la caneca, justo encima de los preservativos que debieron haber sido usados previamente, no hay tiempo que perder, mucho menos tiempo que ganar. No hay tiempo, se detiene en los relojes, el sacude nervioso su cabeza y me entierra sus ojos en las pupilas, salgo de la habitación, corro por las calles desiertas en la madrugada de los que aun dormitan sin afanes, ni fecundaciones, ni hijos que crecen en mi panza hasta sonreír.
Mareos, nauseas, seres que se adaptan a un pedazo de cuerpo vivo y mío, que se extiende con fuerzas dentro de mí, me atrae (curiosas casualidades de mentes que se permiten visitas ciegas a través del silencio, guiadas por oídos que hasta ahora se manchan con la impureza del mundo) una música cualquiera habida tras las puertas de madera, que dividen algún bar del resto de la inminente ciudad, como si de clasificar se tratara.
Ubico mi ahora ancha corporalidad tras el mostrador que hospeda veintenas de diferentes tipos de alcohol, desde el mal habido ron hasta el más santificado vino de sacristía. Sonrió al cantinero y exijo un embriagante del cual daré prolongados sorbos a lo largo del resto de mi narración, y porque no, también de los restos impertinentes de mi irresponsable vida. (Nótese el uso exagerado de la preposición “i”, que refiere contraste, oposición, es decir, llevar la contraria, lugar en donde generalmente se hospedan los deseos ideológicos de las juventudes desenfrenadas) A mi lado, en la silla de la derecha, se instala con dificultad un anciano de incalculable edad y barba poblada, es evidente que en sus años de primigenia juventud la calvicie prematura habrá entonces representado una de las más graves preocupaciones, cuya inexistente solución y la imposibilidad por encontrarla habrá representado seguramente, la aplicación de distintos elementos en la cabeza del viejo que perdía cabello, desde boñigas de vacas torpes, hasta combustibles crudos que vomitaba la madre tierra. El ser envejecido pide un whisky y me ahoga con su mirada presumida, la ingenuidad de una adolescente en periodo de gestación que se emborracha en compañía de decrépitos adultos tras la barra húmeda.
Las conversaciones con aire de entrada la noche no se hacen esperar, los temas varían ante la agotada voluntad del anciano y la involuntad de la muchacha perdida, palabras errantes y sin sentido que divagan entre la música popular y la lucha eterna del feminismo por hacer del lenguaje una herramienta mediante la cual incluir en el léxico común palabras terminadas en la letra “a”. Nosotras no hacemos eso, nosotras hacemos esa.
Surge entonces en mitad de la discusión el discurrido tema de las probabilidades, los azares venturosos y las apuestas desenfrenadas, el viejo me observa detenidamente con algo de morbo y me menosprecia de pies a cabeza. La canción que sonaba en aquel lugar reproduce entonces un aparente silencio cuya duración desconocemos aun. Percibo entonces el sonido de sus instituciones, de sus sirenas, de sus trajes verdes.
Mi pálida voz disfraza con inseguridad y vacilación lo que pretendo, mis ojos se entregan pensativos a la puerta de madera giratoria que permite ver figuras deambulantes que machacan sus destinos agolpando pasos en la acera de enfrente.
-¿Cuál es la posibilidad de que la próxima persona que veamos por la puerta mientras camina sobre la acera, sea una mujer?-
-Existen más mujeres que hombres en el mundo- respondió el anciano con cierta empalagosa indiferencia, después vacio su vaso de whisky y continuó -la posibilidad de que quien pase a continuación por la acera sea una mujer es mayor a la de que sea un hombre-.
-Si esto es verdad -le respondí- entonces sería más fácil arrojar al aire una moneda durante cuatrocientas veces y que en cada una de las caídas, la cara apunte con desgana al cielo y el sello con resignación al piso ronco. Sería pues, más fácil obtener cuatrocientas caras consecutivas en la moneda, que tras la puerta que mira a la calle, pasen cuatrocientos hombres uno tras otro, sin que ninguna mujer altere la visión de la acera desplazándose entre ellos.
El anciano soltó una carcajada enardecida por los alcances del alcohol en su sangre seca y sínicamente refuto: - Quizá sea más fácil lanzar cuatrocientas veces una moneda al aire en la que salga “cara” a que por la puerta caminen cuatrocientos caballeros consecutivamente, es más fácil pues la cara y la cruz se sortean aleatoriamente y con igual número de posibilidades, mientras que si hablamos de una persona que camina por la acera de enfrente, es más probable que esta sea una mujer, pues hay muchas más de estas que de esos, sin embargo, alcanzar cuatrocientas caras con la moneda o hombres consecutivos tras la puerta es científicamente imposible, la posibilidad de que eso suceda es completamente irrisoria.
Observe detenidamente el reloj que el viejo llevaba consigo anudado a su puño izquierdo, calcule en una aproximación con intensiones meramente capitalistas el valor del reloj que parecía ser de plata.
Me atreví a cuestionar su inteligencia – ¿Está usted absolutamente seguro de que estas posibilidades son inalcanzables?- se atrevió a confirmármela con desdén y antipatía – Estoy absolutamente seguro, apostaría mi sombrero.
-¿apostaría su fortuna?
Sobrevino la meditación obligatoria que emprendería cualquier miembro económico de la sociedad ante una pregunta como esta, pese a lo cual respondió: - sin duda, apostaría mi fortuna.
Propuse en ese momento la apuesta, contra arriesgando lo único que estaría interesado en ganar el anciano aquel. Aposte que por la puerta pasarían consecutivamente cuatrocientos hombres seguidos, sin que mujer alguna interviniera en dicho transito. El viejo sonrió y con un gesto victorioso asumió el pacto de los meñiques. Los dedos se distanciaron y nos atuvimos a contar las personas que caminaban por la acera en aquel momento, un profundo silencio detono con ansiedad el inicio de la cuenta.
Entonces el ruido espantoso de una estampida retumbo en la calle, sonidos de decenas de botas pateando el pavimento, la ancianidad observo perpleja como tras la puerta, cientos de hombres marchaban entonando sus canticos bélicos, en exacta simetría, completamente uniformados, todos con cabello corto, eternos pelotones de tropas militares marcharon por la acera celebrando el yo no se que de la independencia nacional, quinientos, seiscientos, setecientos…
Respire aliviada y seduje a la miseria. Mientras el viejo se consumía en su ardiente ira al verse inundado de instituciones y procedimientos, una vez más, el sonido melancólico de nuestra tibia juventud se impondría ante su sordera. Gane la apuesta, tu fortuna es nuestra. Nuestro hijo nunca será como tú, maldito decrepito. En aquel bar, como si de coincidencias se tratara, un muchacho de unos veintitantos años gritaba contra el micrófono que apenas se sostenía y olía a cerveza y a alguno que otro psicoactivo prohibido por nuestra afamada ética colectiva:

Yo forme parte de un ejército de locos, tenia veinte años y el pelo muy corto, pero mi amigo hubo una confusión…

jueves, agosto 20, 2009

Un habito importante es el de memorizar primeras impresiones...
Como en tantas ocasiones: Bertolt Brecht

Esto no es una obra, supongo que ya está suficientemente claro.
¿Personajes? ¿Actores? Ni siquiera director.
Interpretes que están atónitos y se resisten a una serie de acontecimientos entre los cuales, absolutamente nada “no podría suceder de otra manera”.
Se abre entonces una amplia gama de infinitas posibilidades en el desarrollo de los ejercicios (¿teatrales?), conducidas y ligadas a una estructura escrita y pegada con la prisa envidiosa de quien no quiere olvidar nada a la pared negra que nuestro público no ve, la prisa tediosa de quien quiere que todo salga bien, la lista besando silenciosa a la pared, como los acordes de un blues que está a punto de improvisarse, lo efímero y desagradecido que puede resultar un solo de guitarra que nadie vuelva a escuchar, chispeantes momentos de delirios en vivo, sensaciones que se van con el viento pero nos quedan en la piel, y otra vez el constante miedo al fracaso, el miedo que nos emparenta tanto con el, que se nos trepa tobillos arriba y nos ataca en cada función, el miedo a lo desconocido, a lo que vendrá… De alguna u otra manera miedo también a la muerte, miedo a mi edad anciana, miedo a descorporalizarnos del todo, miedo que nos envejece. Tendremos miedo del viento cuando nuestras pieles ya no sientan más, sabemos también que ese día nunca llegara.

Antes de memorizar las palabras debe memorizar las cosas que lo han asombrado y la manera como se ha resistido a aceptarlas. Esas cosas “que lo han asombrado y a las cuales se ha resistido” son centros de energía a los cuales debe aferrarse ya que forman parte de su interpretación.
… y usted? ¡¿Tampoco?!

Se han llevado a cabo con resultados muy diferentes en cada ocasión, determinantes repeticiones durante algunos momentos de nuestras prescritas juventudes, lo que como todo, trae ventajas y desventajas, ganancias y derrotas, se adquiere sincronía, se profundiza lo que hacemos, juzgamos sin afanes dicha seria de acontecimientos. Se pierde algo fundamental, la primera impresión, se desgasta con el tiempo, es inevitable, como el paso de los segundos, de los minutos, de los años, de las vidas, de la muerte. Existen claro, ingeniosas formas de quebrar la cotidianidad, de tornarla inverosímil (no verosímil, córrete Stanislavski…) estados de riesgo, cuerpos tensionados y atentos que se redescubren en cada repetición que no se repite. Existen claro, pero lo malo es que apenas aplicadas unas cuantas veces ya no surten el mismo efecto, porque el hombre tiene esa tremenda capacidad de hacerse insensible en cuanto se vuelve adulto, se acostumbra a todo, malditos hombres tristes.
¿Cómo lograr acaso que además de desaburrirnos porque no somos entes mecánicos que rehacen, desaburramos también a un público bastante lejos del escenario y entre los cuales la gran mayoría conocen ya nuestra novedosa estructura? Supongamos que los que no la conocen y se sorprendan por primera vez con el susto propiciado por el hombre nativo de la costa atlántica al caballero del interior. Estos no reirán, pues no hayan en sus colegas ese eco social necesario para librarse de preocupaciones mediante una grata carcajada. Ellos suspiran deseosos de ver destrezas o defectos superiores a los que han visto tantas veces. Pero quizá existe un punto tope, en el cual la escenificación ha sido vista desnuda ya muchas veces y el deseo desgarrador del publico por untarse se desploma y entonces entran inmensos deseos de bostezar.
Hemos llenado nuestras cabezas de reglas, hemos visto alejarse nuestra curiosa virginidad, hemos abusado.

BUSCANDO SOLUCIONES, ME ENCONTRE SOSPECHOSamenTE EN UN BUS, CON CIERTO LIBRO DE CIERTO ALEMAN QUE CADA VEZ ME ENVENENA MAS:

¿Para que buscar nuevos ladrillos si en la arquitectura, aun quedan infinidad de cosas por hacer?
No necesitamos cosas que reemplacen los ladrillos, necesitamos tumbar los edificios que la gente ya no ve porque están en su ciudad y entrar a formar parte de sus despreciables costumbres.

“En lo familiar, descubrid lo insólito.
En lo cotidiano, desentrañad lo inexplicable.
Ya que toda cosa habitual os inquieta,
En la regla descubrid el abuso acompáñeme para la estación, tiene derecho a guardar silencio.
y en todas partes donde el abuso aparezca
¡Encontrad el remedio!"
Excesos, desenfreno, contención.
Por supuesto yo no iba en un bus, yo hacia como si fuera…
La lógica por fin se nos deshizo en la boca, si esto no funciona dudo que lleguemos a darnos por vencidos.
Moriremos primero en el intento, si es que no lo empezamos a hacer hace ya bastante tiempo.

sábado, agosto 15, 2009

martes, agosto 04, 2009


Por el reloj andan tiempos de gritos y empedernido pesimismo.
Puertas cerradas, no nos dejan salir, ni siquiera nos dejan buscar, y como si fuera poco a ellas no las dejan entrar. Francamente no se que podemos hacer.
Lugares desconocidos, geografías que nos alejan del tiempo, de las fronteras, del corral que nos consume, de los caminos por donde nos dejan caminar. Cuerpos en tensión, peligros. Rumbos inciertos, si conoces el camino y tu rumbo luce algo cierto, no te preocupes, hay formas de quitarle certeza al rumbo, hay formas de perderte, no todo es tan seguro.

Todas las personas del mundo tienen su punto límite, el recóndito lugar hasta donde su educación les permite llegar, la niñez es la etapa donde se pone la cerca, se siembra el hombrecito que envejece, por eso debemos correr todo lo que podamos, para que esa cerca sea puesta bien lejos. La cerca de la revolución. La terca.

Algunos son muy abiertos con ciertas partes de su cuerpo, pero otras les causan rubor e indignación, brazos desnudos, genitales, pechos sin telas que los cubran, no existe sombra, no existe culpa, no existe cruz, tampoco sexo. Ojos con pupilas dilatadas, bocas que tosen de tanto fumar, narices sangrantes, receptores de tetrahidro-cannabinol que nos alteran las sensaciones.
Por el reloj siguen andando los tiempos, la cerca de acerca, refúgiate aquí, no te dejes quitar el veneno. El veneno detiene al reloj, por supuesto también a los gritos y al empedernido pesimismo.

lunes, agosto 03, 2009

Jeringas con pintura Roja
Desde que cumplan su función
No importa mucho que te sepan mal o que te sepan bien
Seductoras de exquisitas piernas, telas insinuantes que me provocan y me prohíben por igual,
tu sensualidad.
Si mis paredes hablaran, no se podrían quejar.
No pueden decir que se les ha ocultado algo, nadie puede decir que no ha hecho lo que quiera con ellas
Destemplados muros de concreto frio.
Destempladas mentes de inminente escuela.
Que curioso, no hay espejos, unos cuantos souvenirs,
una taza derritiéndose con hormigas que caminan sobre el plato,
No me pases RAID, destruyamos la ciudad,
O bueno pásamelo Ok, quememos neuronas a punta de RAID.
Démosles el acido que los fritara del todo.
Destempladas sabanas de sudor ardiente.
De chicos jugamos a la guerra con jeringas llenas de pintura roja.
Desde que me hagas el amor,
No importa mucho que me quieras mas o que me quieras less
Ojos que me miran y que me intimidan, luces de mentiras que no iluminan la oscuridad,
tu sexualidad.
Si mis neuronas hablaran no se podrian quejar,
no pueden decir que se les ha negado algo, nadie puede decir que no han hecho lo que quieran,
con ellos.
Destemplados adns en violento frenesi,
destempladas muertes de vidas en extasis.
Que curioso, no he dormido, ya no tengo que dormir.
Una tele con hormigas que caminan sobre el plato,
Cantame otro Blues, quiero que rompas la cruz.
O bueno no la rompas ok, destruyamos seres a punta de Blues.
Demosles la droga que los dormira en el lodo.
Temibles pupilas de sangre caliente.
de chicos jugamos la guerra con pinturas llenas de pintura roja.

martes, julio 21, 2009

“De Nito ya no sé nada ni quiero saber. Han pasado tantos años y cosas, a lo mejor todavía está allá o se murió o anda afuera. Más vale no pensar en él, solamente que a veces sueño con los años treinta en Buenos Aires, los tiempos de la escuela normal y claro, de golpe Nito y yo la noche en que nos metimos en la escuela, después no me acuerdo mucho de los sueños, pero algo queda siempre de Nito como flotando en el aire, hago lo que puedo para olvidarme, mejor que se vaya borrando de nuevo hasta otro sueño, aunque no hay nada que hacerle, cada tanto es así, cada tanto vuelve como ahora. La idea de meterse de noche en la escuela anormal (lo decíamos por jorobar y por otras razones más sólidas) la tuvo Nito, y me acuerdo muy bien que fue en La Perla del Once y tomándonos un cinzano con bitter. Mi primer comentario consistió en decirle que estaba más loco que una gallina, pesealokual -así escribíamos entonces, desortografiando el idioma por algún deseo de venganza que también tendría que ver con la escuela-, Nito siguió con su idea y dale conque la escuela de noche, sería tan macanudo meternos a explorar, pero qué vas a explorar si la tenemos más que manyada, Nito, y, sin embargo, me gustaba la idea, se la discutía por puro pelearlo, lo iba dejando acumular puntos poco a poco. En algún momento empecé a aflojar con elegancia, porque también a mí la escuela no me parecía tan manyada, aunque lleváramos allí seis años y medio de yugo, cuatro para recibirnos de maestros y casi tres para el profesorado en letras, aguantándonos materias tan increíbles como Sistema Nervioso, Dietética y Literatura Española, esta última la más increíble, porque en el tercer trimestre no habíamos salido ni saldríamos del Conde Lucanor. A lo mejor por eso, por la forma en que perdíamos el tiempo, la escuela nos parecía medio rara a Nito y a mí, nos daba la impresión de faltarle algo que nos hubiera gustado conocer mejor. No sé, creo que también había otra cosa, por lo menos para mí la escuela no era tan normal como pretendía su nombre, sé que Nito pensaba lo mismo y me lo había dicho a la hora de la primera alianza, en los remotos días de un primer año lleno de timidez, cuadernos y compases. Ya no hablábamos de eso después de tantos años, pero esa mañana en La Perla sentí como si el proyecto de Nito viniera de ahí y que por eso me iba ganando poco a poco; como si antes de acabar el año y darle para siempre la espalda a la escuela tuviéramos que arreglar todavía una cuenta con ella, acabar de entender cosas que se nos habían escapado, esa incomodidad que Nito y yo sentíamos de a ratos en los patios o las escaleras y yo sobre todo cada mañana cuando veía las rejas de la entrada, un leve apretón en el estómago desde el primer día al franquear esa reja pinchuda, tras de la cual se abría el peristilo solemne y empezaban los corredores con su color amarillento y la doble escalera. -Hablando de la reja, la cosa es esperar hasta medianoche -había dicho Nito- y treparse ahí donde me tengo vistos dos pinchos doblados, con poner un poncho basta y sobra. -Facilísimo -había dicho yo-, justo entonces aparece la cana en la esquina o alguna vieja de enfrente pega el primer alarido. -Vas demasiado al cine, Toto. ¿Cuándo viste a alguien por ahí a esa hora? El músculo duerme, viejo. De a poco me iba dejando tentar, seguro que era idiota y que no pasaría nada ni afuera ni adentro, la escuela sería la misma escuela de la mañana, un poco frankenstein en la oscuridad si querés, pero nada más, qué podía haber ahí de noche aparte de bancos y pizarrones y algún gato buscando lauchas, que eso sí había. Pero Nito dale con lo del poncho y la linterna, hay que decir que nos aburríamos bastante en esa época en que a tantas chicas las encerraban todavía bajo doble llave marca papá y mamá, tiempos bastante austeros a la fuerza, no nos gustaban demasiado los bailes ni el fútbol, leíamos como locos de día pero a la noche vagábamos los dos -a veces con Fernández López, que murió tan joven- y nos conocíamos Buenos Aires y los libros de Castelnuovo y los cafés del bajo y el dock sur, al fin y al cabo nos parecía tan ilógico que también quisiéramos entrar en la escuela de noche, sería completar algo incompleto, algo para guardar en secreto y por la mañana mirar a los muchachos y sobrarlos, pobres tipos cumpliendo el horario y el Conde Lucanor de ocho a mediodía. Nito estaba decidido, si yo no quería acompañarlo saltaría solo un sábado a la noche, me explicó que había elegido el sábado porque si algo no andaba bien y se quedaba encerrado tendría tiempo para encontrar alguna otra salida. Hacía años que la idea lo rondaba, quizá desde el primer día cuando la escuela era todavía un mundo desconocido y los pibes de primer año nos quedábamos en los patios de abajo, cerca del aula como pollitos. Poco a poco habíamos ido avanzando por corredores y escaleras hasta hacernos una idea de la enorme caja de zapatos amarilla con sus columnas, sus mármoles y ese olor a jabón mezclado con el ruido de los recreos y el ronroneo de las horas de clase, pero la familiaridad no nos había quitado del todo eso que la escuela tenía de territorio diferente, a pesar de la costumbre, los compañeros, las matemáticas. Nito se acordaba de pesadillas donde cosas instantáneamente borradas por un despertar violento habían sucedido en galerías de la escuela, en el aula de tercer año, en las escaleras de mármol; siempre de noche, claro, siempre él solo en la escuela petrificada por la noche, y eso Nito no alcanzaba a olvidarlo por la mañana, entre cientos de muchachos y de ruidos. Yo, en cambio, nunca había soñado con la escuela, pero lo mismo me descubría pensando cómo sería con luna llena, los patios de abajo, las galerías altas, imaginaba una claridad de mercurio en los patios vacíos, la sombra implacable de las columnas. A veces lo descubría a Nito en algún recreo, apartado de los otros y mirando hacia lo alto donde las barandillas de las galerías dejaban ver cuerpos truncos, cabezas y torsos pasando de un lado a otro, más abajo pantalones y zapatos que no siempre parecían pertenecer al mismo alumno. Si me tocaba subir solo la gran escalera de mármol, cuando todos estaban en clase, me sentía como abandonado, trepaba o bajaba de a dos los peldaños, y creo que por eso mismo volvía a pedir permiso unos días después para salir de clase y repetir algún itinerario con el aire del que va a buscar una caja de tiza o el cuarto de baño. Era como en el cine, la delicia de un suspenso idiota, y por eso creo que me defendí tan mal del proyecto de Nito, de su idea de ir a hacerle frente a la escuela; meternos allí de noche no se me hubiera ocurrido nunca, pero Nito había pensado por los dos y estaba bien, merecíamos ese segundo cinzano que no tomamos porque no teníamos bastante plata. Los preparativos fueron simples, conseguí una linterna y Nito me esperó en el Once con el bulto de un poncho bajo el brazo; empezaba a hacer calor ese fin de semana, pero no había mucha gente en la plaza, doblamos por Urquiza casi sin hablar, y cuando estuvimos en la cuadra de la escuela miré atrás y Nito tenía razón, ni un gato que nos viera. Solamente entonces me di cuenta de que había luna, no lo habíamos buscado pero no sé si nos gustó, aunque tenía su lado bueno para recorrer las galerías sin usar la linterna. Dimos la vuelta a la manzana para estar bien seguros, hablando del director que vivía en la casa pegada a la escuela y que comunicaba por un pasillo en los altos para que pudiera llegar directamente a su despacho. Los porteros no vivían allí y estábamos seguros de que no había ningún sereno, qué hubiera podido cuidar en la escuela en la que nada era valioso, el esqueleto medio roto, los mapas a jirones, la secretaría con dos o tres máquinas de escribir que parecían pterodáctilos. A Nito se le ocurrió que podía haber algo valioso en el despacho del director, ya una vez lo habíamos visto cerrar con llave al irse a dictar su clase de matemáticas, y eso con la escuela repleta de gente o a lo mejor precisamente por eso. Ni a Nito ni a mí ni a nadie le gustaba el director, más conocido por el Rengo; que fuera severo y nos zampara amonestaciones y expulsiones por cualquier cosa era menos una razón que algo en su cara de pájaro embalsamado, su manera de llegar sin que nadie lo viera y asomarse a una clase como si la condena estuviera pronunciada de antemano. Uno o dos profesores amigos (el de música, que nos contaba cuentos verdes, el de sistema nervioso que se daba cuenta de la idiotez de enseñar eso en un profesorado en letras) nos habían dicho que el Rengo no solamente era un solterón convicto y confeso, sino que enarbolaba una misoginia agresiva, razón por la cual en la escuela no habíamos ni una sola profesora. Pero justamente ese año el ministerio debía haberle hecho comprender que todo tenía su límite, porque nos mandaron a la señorita Maggi que les enseñaba química orgánica a los del profesorado en ciencias. La pobre llegaba siempre a la escuela con un aire medio asustado, Nito y yo nos imaginábamos la cara del Rengo cuando se la encontraba en la sala de profesores. La pobre señorita Maggi entre cientos de varones, enseñando la fórmula de la glicerina a los reos de séptimo de ciencias. -Ahora -dijo Nito. Casi meto la mano en un pincho, pero pude saltar bien, la primera cosa era agacharse por si a alguien le daba por mirar desde las ventanas de la casa de enfrente, y arrastrase hasta encontrar una protección ilustre, el basamento del busto de Van Gelderen, holandés y fundador de la escuela. Cuando llegamos al peristilo estábamos un poco sacudidos por el escalamiento y nos dio un ataque de risa nerviosa. Nito dejó el poncho disimulado al pie de una columna, y tomamos a la derecha siguiendo el pasillo que llevaba al primer codo donde nacía la escalera. El olor a escuela se multiplicaba con el calor, era raro ver las aulas cerradas y fuimos a tantear una de las puertas; por supuesto, los gallegos porteros no las habían cerrado con llave y entramos un momento en el aula donde seis años antes habíamos empezado los estudios. -Yo me sentaba ahí. -Y yo detrás, no me acuerdo si ahí o más a la derecha. - Mirá, se dejaron un globo terráqueo. -¿Te acordás de Gazzano, que nunca encontraba el África? Daban ganas de usar las tizas y dejar dibujos en el pizarrón, pero Nito sintió que no había venido para jugar, o que jugar era una manera de no admitir que el silencio nos envolvía demasiado, como un eco de música, reverberando apenas en la caja de la escalera; también oímos una frenada de tranvía, después nada. Se podía subir sin necesidad de la linterna, el mármol parecía estar recibiendo directamente la luz de la luna, aunque el piso alto la aislara de ella. Nito se paró a mitad de la escalera para convidarme con un cigarrillo y encender otro; siempre elegía los momentos más absurdos para empezar a fumar.”
La escuela de noche, del hombre a quien lo alejaron de la oscuridad, calle vagabunda que favoreció al amor y a la delincuencia por partes iguales.
Ellos pretenden hacer un mundo para sus hijos, pretenden que sus hijos observen más de lo que ellos observaron y caminen mas lejos de lo que ellos han caminado, no temen errar, pues si lo hacen es posible que los hijos puedan cambiar lo que hicimos.
Seres estúpidos. Si aciertan y sus hijos adquieren el mundo que les fue (en extraña concordancia a un hecho que lo antecede todo y que comúnmente es asociado con las manos de D…) realizado por ellos, habrán entonces creado su innecesaria vejez, innecesarios mártires, pues su vejez no garantiza la juventud de sus hijos, que los pliegues de sus caras se desgasten con el tiempo, no quiere decir que sus hijos puedan ver o andar. El tinte blanco de sus cabellos cortos les fue encerrando poco a poco la cabeza, ahora ríen ya sin fuerzas por ahí, cortándole los ojos y los pies a los más chicos, dictándoles las leyes del camino, el único camino que les permites tomar mientras das otra calada a tu torpe cigarrillo.
De todos modos si erran, sus cuerpos morados se consumirán ataviados hasta la corbata de un olor a pestilencia barata, hipócrita olor a fino del mas malo de los vinos.
Vivan como vivan, morirán. Al igual que sus hijos y los hijos de sus hijos mientras sean hijos suyos, de madres desesperadas, de familias que te alejan de
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la oscuridad, calle vagabunda, felina mortal.

lunes, julio 20, 2009



Gritaremos...

Cada vez más bajo, reventaremos, no existe la menor duda.

Vaya que sabes cómo caminar, destrozar calles con tu paso imparable, devorarte enterita la ciudad. Mujer vuelta carretera, bestia de templado cuerpo, cianuro mortal.

Tragabas los grumos de café que se refugiaban en el fondo del pocillo, como hombres sin tiempo, sin lugar, sin escondite, hombres de delgados pasos, amargos trozos de ardiente cafeína y te repetían y te repetían, que te alejaras de ellos, que no los miraras, que nunca entraras en sus casas, que no cruzaras jamás la puerta de un muchacho solo, que aprendieras cuanto pudieras en la escuela.

Tu mente de niña viajo siempre mucho más rápido que la de ellos, ellos se consumían como cera en la misma imagen que habían construido desde que empezaron a morir, imágenes de hombres pudientes, de alta mirada y total indiferencia, imágenes de hombres falsos, hombres corrompidos por la falta de prohibida corrupción, entonces saliste disparada por la ventana y dejaste sonando eterna en la radio la misma canción, sí que eres larga, músculos tensionados por el deseo, arterias que bombean a todo motor tu corazoncito, raptaste la huida de un muchacho en silencio, silenciado mejor, te detuviste en el andén sin que nadie lo notara demasiado y con esa sutileza tuya llenaste el cemento de tachuelas, para que se chuzaran las señoras distinguidas, los dueños de las firmas, ¡oh el tan nombrado capital atacando nuevamente! La viste caminar decidida con cierta extraña pereza que atenazo entre su inmovilidad, perturbada viste pasar a la profe con una veintena de niños que la seguían perdiéndola, distraídos, distracción divina, arma invicta de la niñez ante la señora gorda, si que aprendiste a odiarla, si que le llenaste los zapatos de dolor cuando paso despreocupada por el andén, esa diva untada con asco, cortada inminente o negación.

Tienes los zapatos llenos de greda, las manos todas enmelocotadas con dulce que no aprendiste a tener quieto en la boca.

Sumergete, respira mientras puedas, suda hasta no poder hacerlo mas, no soportes mas, estalla...

Pero nunca dejes de besarme, jamas te lo rogaria...


Porque no quiso ser estatua de sal
le llamaban todos "culo inquieto",
aparentaba ser un tipo normal
pero guardaba un secreto.

Cuando a los cínicos les dió por rezar
él le puso a Satán una vela,
aprendió todo lo que hay que olvidar
y se escapó de la escuela.

Y por llamarle tanto pan al pan
y al vino vino
la gente bien pensaba mal
y decían por la acera del casino
que si tal que si cual
pero a él le daba igual.

Porque gritaba cuando había que callar
le llamaban todos "aguafiestas"
dormía todo lo que había que soñar
sin perdonar una siesta.

Y, aunque nadie daba un duro por él
se volcaba tanto en los detalles
que sin llegar a nada llegó a ser
el capitán de su calle.

Pero en el barrio había un general
que para colmo
lo vió salir de noche a probar
a buscarle tres patas
a las gatas
y dos peras al olmo
para merendar.

Porque sabía
que la verdad desnuda
guarda oculta detrás de la corteza
el hueso de cereza
de una duda.

Y se reía
con la melancolía
que le da la razón a la tristeza
cuando los labios pierden la cabeza.

Porque no sabía vivir sin besar
le llamaban todos "picha brava"
pero él besaba para recuperar
los besos que le faltaban.

Y, aunque la muerte le aterraba pensó
que si la pálida dama llegaba
no desperdiciaría la ocasión
de ver qué tal besaba.

Y, por burlarse de lo más sagrado,
los del juzgado
empapelaron al capitán
y le echaron cinco mil años y un día
paque aprenda a cantar
en la mazmorra fría.

Porque sabía
que la verdad desnuda
guarda oculta detrás de la corteza
el hueso de cereza
de una duda.

Y se reía
con la melancolía
que le da la razón a la tristeza
cuando los labios pierden la cabeza.

DONT STOP.
SAY NO MORE and more and more


viernes, julio 17, 2009

Mercedes Benz

Fue por ese entonces que me comenzó una estornudadera la berraca, en todo lado cada calle, en cada esquina , en cada parque y en cualquier bus, con cualquier amigo, con cualquier sustancia. La garganta me carraspeaba como una locomotora vieja intentándose prender, las niatas rojas como las de float. En tiempos de pestes raras, envases de cocacola cada vez más grandes, tiempos de economizar plástico y vidrio, tiempos en que muchas gentes tomaban de pocas botellas, oh tiempos de pestes raras, que curiosa y farmacéutica relación que tiene la cocacola y las pestes raras, en fin. Yo caminaba por esas calles pestilentes siendo yo por supuesto, mucho más pestilente, se me paso por la cabeza largarme y efectivamente lo hice, por unos cuantos pesos se le puede arreglar la vida, y en estos tiempos de pestilencia, es mejor prevenir. Parece que estuve bien de malas porque no iba a mitad de camino cuando comenzó a llover, sin otra posibilidad, me refugie, prendí un cigarrillo y me decidí a seguir caminando, la canción al oído me procura calma mientras la ansiedad no me deja ni parpadear, tenía que llegar de inmediato. Me di cuenta del color de las plantas y seguí mi camino.
El alma de los traidores reposaba inmóvil sobre el vidrio de mi mesa de noche, debajo del vidrio hay algunos recortes de periódico y alguna foto que otra, una frase que repetía un gato robot en la televisión: “Espada del augurio permíteme ver mas allá de lo evidente”, una camioneta Volkswagen modelo 69’ y si, cuidado con los ácidos marrones, repetían en Woodstock, cuna de millones, pero de dos en realidad. La lista de canciones de Let it Be… naked, el disco que jamás se termino, George Martin monto unos arreglos, llamo al negro Preston para que terminara de reventar ese piano y lo publico como LET IT BE… nótese que su portada son cuatro fotos aparte, los pobres dueños de las disqueras decidieron publicar …naked, Caicedo y su libro negro, Cortázar desesperado por la publicación de sus inesperados. RING TONE... KILL MY MOTHER! Fue un día bastante largo, de una semana bastante larga, casi interminable, debido a la ausencia de festivos. Corría como siempre, sin percatarme esta vez que, todo había cambiado, la realidad no era la misma pero al recordar, leyes rotas y fuego, la revolución había comenzado, era tiempo de acabar.

Vaya si comimos acidos aquella tarde...